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Sobre etiquetas e identidades

Jun 7, 2024

Etiquetas, categorías, jaulas estrechas en las que se meten a las personas y se les juzga según sus características, y, en base a ellas, se les priva de una participación justa en la vida social.

 

Etiquetas, categorías en las que nos encierran porque dar un nombre a lo que es estadísticamente menos frecuente, a lo que parece fuera de lo ordinario, puede ayudar a comprender, pero también sirve para vigilar, para poder controlar mejor.

 

Etiquetas, categorías que nos imponen desde arriba sin haber preguntado si es así como queremos definirnos; etiquetas que, sin embargo, nos hacen visibles, manifiestan nuestra existencia. Nuestras vidas, nombradas como categorías especiales, ya no pasan desapercibidas, y entonces las etiquetas que nos han cosido se transforman en identidades.

 

De esta manera, nos encontramos con personas con etiquetas similares, confrontamos nuestras experiencias y descubrimos que no estamos solos. Nos unimos y nuestras voces empiezan a molestar a esa parte del mundo que no necesita etiquetas, el mundo ordinario, que no se define por categorías particulares porque encaja o se acerca lo suficiente a una norma ficticia que establece los límites entre estar dentro o fuera, entre gozar de los mismos derechos o tener que luchar por conseguir aquellos que ellos consideran obvios.

 

Multiplicidad de etiquetas

 

Cada persona puede tener más de una etiqueta, puede tener tantas como características de sí misma que el mundo decida que están fuera de la norma, demasiado alejadas de esos parámetros, del centro de una curva gaussiana que se ha convertido en símbolo de pertenencia a la mayoría o de exclusión. Las etiquetas no las eliges, te llegan cuando el mundo se da cuenta de que algo en ti no coincide con las expectativas, que no correspondes a un modelo ideal de ser humano creado en un escritorio por un pensamiento reduccionista y determinista, fruto de un inquebrantable darwinismo social que busca defectos para corregir, desviaciones para reconducir al modelo normativo.

 

Las etiquetas no las eliges, pero, cuando te las encuentras impresas en tu piel desde el exterior, empiezas a usarlas. A veces, el simple acto de nombrarlas molesta al mundo porque les recuerda que existes; perturba el orden de las cosas, ese orden que no prevé tu existencia y precisamente por eso decide etiquetarte: fuera de la norma.

 

Y, cuando decides usarlas como identidad, esas etiquetas que nunca pediste, cuando se las arrojas a la cara precisamente a quienes te las pegaron en el alma, entonces ya no las quieren. Basta, gritan, somos todas personas, todas iguales, ¿qué es eso de tener que nombrar todo? dicen. Porque las etiquetas solo pueden usarlas ellos sobre ti, sobre quienes no están de acuerdo con su idea distorsionada, simplista e infantil de la realidad. Una realidad de plástico donde todo lo que no cabe en su superficial capacidad de comprensión dictada por la norma es excluido, etiquetado y apartado.

 

Y, de hecho, según el mundo, esta marca o etiqueta debería servir para advertir sobre tu presencia, sobre tu existencia. No preveían, en la necedad de un sistema superficial e insostenible, que la cosa se les escaparía de las manos, que las etiquetas asumirían un valor identitario, aglutinador, y que estas identidades marginales incluso utilizarían la palabra ORGULLO para definir su existencia.

 

Identidad y orgullo

 

Pero, al mundo, esta toma de conciencia no le gusta en absoluto. ¿Orgullo? ¿Por qué tienes que estar orgullosa de ser mujer? ¿Qué orgullo hay en ser gay o lesbiana o trans o fluida o negra o discapacitada? ¿Orgullo de qué? ¡Si te hemos puesto esas etiquetas para subrayar tu inferioridad, para mantenerte fuera de nuestro mundo!

 

Ahí está el problema de las etiquetas, que, si bien por un lado no pueden evitar ponerlas a cualquier característica que consideren fuera de la norma, por otro lado no saben gestionar las identidades que de ellas toman forma. Y entonces intentan silenciarlas, hacerlas invisibles quitándoles la palabra, decidiendo desde fuera cuál debe ser su narrativa en el mundo, porque saben bien que, si de ti no se habla, si nadie sabe quién eres, entonces no existes.

 

¿Para qué sirve subrayar que esa discriminación es homofóbica? Preguntan aquellos que nunca han sufrido discriminación por ser quienes son, porque cumplen con las expectativas dictadas por la norma. Las discriminaciones son todas erróneas, no hace falta hacer distinciones, dicen. ¿Por qué especificar que esa violencia es de género? La violencia está siempre mal, afirman. En resumen, ¿por qué subrayar las diferencias entre las personas? Somos todos iguales, dicen siempre los que, incluso antes de que nazcas, te asignan un color, rosa o azul, y con ello un camino lleno de expectativas y obligaciones.

 

Explicitar lo Implícito y reconocer las diferencias

 

Y, sin embargo, esas diferencias deben ser subrayadas, deben ser gritadas, mostradas al mundo sin vergüenza, con orgullo. Porque a ese chico no lo habrían golpeado si no hubiera salido de un bar gay de la mano de otro chico; porque, si hubiera salido de uno de los tantos bares sin etiquetas, los que llamamos simplemente bares, y si hubiera tomado de la mano a una chica, probablemente no lo habrían golpeado gritándole precisamente esa etiqueta, declinándola en todas las formas posibles, blandiéndola como un garrote. Y lo mismo vale para cualquier forma de discriminación, porque la discriminación es necesariamente la consecuencia de una etiqueta.

 

Por eso la violencia no es toda igual, aunque siempre sea condenable, porque a veces existen agravantes generados precisamente por la etiqueta que te ha sido asignada. Porque no somos todas, todos y todes iguales, somos diferentes, y las diferencias o las aceptas como un hecho natural y tratas de convivir con ellas, de comprenderlas y dejar que te enriquezcan incluso cuestionando tus certezas, o las combates, las etiquetas, las aplastas y las escondes, y cuando saltan gritando para pedir justicia minimizas, tratas de quitarles visibilidad, voz.

 

El problema, sin embargo, no está necesariamente en la etiqueta en sí, sino en el valor que se le atribuye; está en el desequilibrio de poder que genera entre quienes son marcados como diferentes y, por lo tanto, mantenidos al margen o fuera de los márgenes de la sociedad, y quienes creen que su forma de ser, de actuar y pensar es la única posible, la única correcta, y, por lo tanto, no necesita una etiqueta, no necesita ser nombrada.

 

Quizá, como sugiere el sociólogo Eviatar Zerubavel (Zerubavel, E., 2019, «Taken for Granted: The Remarkable Power of the Unremarkable, Princeton University Press), deberíamos empezar a “explicitar lo implícito”, a nombrar también la normalidad, a especificar que a esa “persona gay” la golpeó un grupo de “personas heterosexuales”, deberíamos subrayar todas las veces que el ladrón, el estafador o el violador era “español” y no solo cuando era “extranjero”, o deberíamos comenzar a escribir artículos en los periódicos para celebrar al chico neurotípico que se graduó con honores” y no solo cuando se gradúa un “chico autista”.

 

Deberíamos etiquetarlo todo y empezar a nombrar también aquellas categorías que damos por sentadas, aquellas “normales”, para hacerles comprender que esa norma es solo una de las infinitas posibilidades de expresión que conoce la naturaleza humana. Y entonces es posible que ese halo de inferioridad y negatividad que acompaña a tantas etiquetas e identidades, ese estigma que genera exclusión social y dolor, se debilite hasta desaparecer, y nos demos finalmente cuenta de que la frecuencia con la que ciertas características se presentan en la población es un dato descriptivo, no una atribución de valor, y, ciertamente, no un motivo de exclusión.