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Percepción de la información social en autismo

Sep 21, 2023

Hace dos o tres meses, vi un anuncio interesante en Twitter: Magdalena Matyjek, una investigadora especializada en neuropsicología y cognición social, buscaba a personas autistas adultas para un estudio que estaba realizando en la Universidad Pompeu Fabra (UPF). La temática del estudio me llamó rápidamente la atención: los investigadores -Dra Magdalena Matyjek y Salvador Soto-Faraco, profesor en la UPF-, mediante una serie de pruebas, pretendían analizar las diferencias entre personas autistas y neurotípicas a la hora de captar diferentes estímulos relacionados con situaciones sociales -gestos, conversaciones con ruido de fondo, etc.-, y, posteriormente, procesarlos e integrarlos en el cerebro.

 

Se suelen escuchar experiencias sobre hipersensibilidades o hiposensibilidades en autismo, pero, casi siempre, relacionadas con el oído -incomodidad ante ruidos fuertes o constantes-, las texturas -evitar ciertos alimentos o etiquetas en la ropa- o la percepción del propio cuerpo -falta de equilibro-, entre muchos otros ejemplos. Además, los estudios se centran, sobre todo, en la etapa infantil. Pero, ¿qué ocurre en la edad adulta y en operaciones más “complejas”, como en situaciones sociales, donde entran en juego diferentes sentidos, así como distintas decisiones que, a nivel cognitivo, deberemos tener en cuenta para interactuar eficazmente con los demás?

Introducción al estudio y prueba de CI

 

Antes de ir al laboratorio para realizar las pruebas en persona, Magdalena me envió un cuestionario para rellenar en casa -con preguntas sobre el diagnóstico, la presencia de tics motores u otras condiciones que podrían interferir en los resultados, la medicación que tomaba en ese momento, etc.-, información complementaria sobre el estudio, fotografías del recorrido -con flechas y señalización del camino-, y detalles de los espacios donde se desarrollarían las pruebas, así como la descripción de las tareas a realizar en los distintos lugares y el tiempo aproximado de duración de las actividades.

Me sorprendió el nivel de detalle de las explicaciones, la riqueza visual de los materiales -especialmente para encontrar el laboratorio de forma sencilla, teniendo en cuenta mi nula orientación espacial-, y, en definitiva, la atención que dedicaban los investigadores a anticiparnos las tareas, a minimizar cualquier molestia o imprevisto, a acompañarnos en todo el proceso y a asegurarse de que estuviéramos cómodos en todo momento. Incluso permitían que lleváramos al laboratorio a una persona de confianza -aunque no pudiera estar presente en alguna de las pruebas- o algún objeto de confort para hacer stimming cuando lo necesitáramos. Sentí, desde el primer momento, que aquel era un espacio seguro, y que Magdalena -la persona con la que más interactuaba- se preocupaba por nosotros de forma genuina.

 

Llegué al laboratorio sin problemas, y Magdalena me ofreció más información sobre el estudio mientras firmaba el consentimiento. Me preguntaba constantemente si la luz estaba bien, si la temperatura era agradable, si podía tocarme en determinados momentos de la investigación -avisándome con un poco de antelación-, si tenía alguna petición especial, etc., y yo no podía dejar de pensar que nunca nadie se había preocupado de esa manera de que me sintiera segura y de que todas mis necesidades estuvieran cubiertas. Y me di cuenta de la importancia -muchas veces infravalorada- de estar cómodos en los diferentes espacios que ocupamos para poder sacar todo nuestro potencial.

 

En la prueba del CI, los participantes debíamos completar una serie de patrones y secuencias lógicas, cuya dificultad iba aumentando a medida que pasábamos al siguiente nivel. Debo reconocer que tuve algunas dificultades en esta prueba y me desanimé un poco, pero después recordé que, según el CI que me hicieron durante mi diagnóstico, el “razonamiento perceptivo” -correspondiente a puzzles, matrices, cubos, etc.- fue mi puntuación más baja, y que, por lo tanto, tenía sentido que me costara completar tareas relacionadas con este ámbito. Eché de menos que hubiera otras pruebas de CI -sobre comprensión verbal o memoria de trabajo, donde mis puntuaciones son más elevadas-, pero supuse que habría algún motivo por el que solo querían analizar nuestra habilidad buscando patrones.

 

Prueba EEG y seguimiento ocular

 

Posteriormente, me encaminé hacia la sala donde haría la prueba principal del estudio: tenía que observar una serie de vídeos de personas hablando, mientras los investigadores medían las respuestas de mi cerebro a través de unos electrodos colocados en mi cabeza. El objetivo final, según se explica en el folleto de introducción al estudio, era “comprender mejor las respuestas conductuales y fisiológicas, como, por ejemplo, la velocidad de respuesta manual, la respuesta electrofisiológica, etc., a los estímulos sensoriales (…) para facilitar la comprensión entre personas y formular sugerencias que ayuden a una mejor comunicación”.

 

Mientras me colocaba el gorro con los electrodos, Magdalena y yo hablamos un poco -ella me preguntó si prefería hablar o estar en silencio, y yo le respondí que quería charlar un rato; me sentía muy a gusto con ella- sobre nuestras vidas, nuestros hobbies y el autismo como interés compartido. Magdalena me comentó que quería centrar sus investigaciones en personas autistas adultas y en mejorar la convivencia entre personas neurotípicas y autistas, buscando una comprensión mutua de nuestras distintas formas de procesamiento, de relacionarnos o de entender el mundo, basándose en la intuición de que esto es exactamente lo que queremos las personas autistas; comprensión, cariño, escucha activa de nuestras peticiones y necesidades, en lugar de corregir, cambiar, ocultar o incluso curar nuestras diferencias para molestar un poco menos a las personas neurotípicas.

 

Tras estas reflexiones, empezó la prueba; sin moverme demasiado -para no interferir en las señales eléctricas-, tenía que escuchar las grabaciones de distintas personas hablando y, posteriormente, seleccionar las palabras que habían pronunciado durante su discurso. Parece una tarea sencilla, pero, en realidad, había diferentes “trampas” que dificultaban la tarea; en ocasiones, se escuchaba ruido de fondo; otras veces, el vídeo se congelaba justo cuando la persona iba a pronunciar la palabra que debíamos recordar -y, por lo tanto, no podíamos leerle los labios-; algunas veces, los protagonistas hablaban demasiado flojo, o no gesticulaban suficiente, etc. Además, también teníamos la misión de pulsar un botón concreto cada vez que la imagen del vídeo se interrumpía, y esto complicaba bastante la tarea, ya que había que prestar atención a varios estímulos simultáneamente -la congelación de la imagen, leer los labios, escuchar las palabras, observar los gestos de las manos, etc.-.

 

Al ser una prueba bastante larga, se ofrecía un descanso cada pocos minutos, y, además, los participantes podían pedir la interrupción de la actividad en cualquier momento si necesitaban parar unos segundos o incluso abandonar el estudio. Yo solo hice los descansos “obligatorios”, pero sí que es cierto que sentí un poco de ansiedad durante el visionado de los vídeos: había muchas personas hablando, el ruido de fondo que se escuchaba era extremadamente molesto -al menos, para mí-, y me incomodaba bastante tener que estar completamente quieta, prácticamente sin pestañear. A pesar de esto, creo que mi desempeño durante la prueba fue bastante bueno, y que respondí correctamente a la mayoría de preguntas que me formulaban.

 

Por último, realicé una prueba de seguimiento ocular; en esta última actividad, los investigadores analizaban mis respuestas fisiológicas -campos eléctricos cerebrales y respuestas de la pupila- a distintos tipos de movimientos que ocurrían en una pantalla. En los vídeos aparecían diferentes personas haciendo gestos con la cara -de sorpresa, de terror, de rabia-, así como figuras geométricas de distintas formas y colores. Según me contó después Magdalena, los niños autistas, en pruebas similares, suelen dirigir su atención hacia las figuras geométricas, y los neurotípicos, por el contrario, prefieren fijar su vista en los gestos de los personajes. Los investigadores, en el estudio de la UPF, querían descubrir si en adultos ocurría lo mismo.

 

Resultados del estudio

 

Los resultados de esta investigación -previstos para primavera- podrían ayudar a explicar por qué se dan ciertas diferencias en la percepción multisensorial de la información social dinámica entre autistas y neurotípicos, y, además, podría mejorar la calidad de vida de muchas personas autistas adultas; la esfera social permea prácticamente todos los ámbitos de la vida adulta -la laboral, la familiar, etc.-, y, por lo tanto, es muy importante comprender cómo funcionan nuestros mecanismos de percepción y procesamiento de la información social para poder ofrecer apoyos, recomendaciones o adaptaciones que se ajusten a nuestra forma “natural” de captar e integrar los estímulos externos.

 

En palabras de Magdalena: “Nuestra hipótesis es que al cerebro autista le cuesta más integrar el habla multisensorial -lo que oímos y los movimientos de los labios- que al cerebro no autista -basándonos en estudios anteriores-, pero que los gestos con las manos facilitan la comprensión del discurso para todos. Si esto es así, sería un argumento para poner en marcha programas de formación en escuelas o entornos de trabajo para utilizar los gestos con las manos como apoyo al discurso inclusivo. Además, estos resultados suscitarían un mayor interés por seguir estudiando el procesamiento sensorial del autismo. Aún queda mucho por comprender y describir”.

 

Escrito por Montse Bizarro, Specialisterne España.