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Specialisterne Foundation

La Specialisterne Foundation es una fundación sin ánimo de lucro que tiene como objetivo crear empleo para un millón de personas con autismo/neurodivergentes a través del emprendimiento social, de la implicación del mundo empresarial y de un cambio global de mentalidad.

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El orgullo de ser quien soy

Jun 18, 2024

El 18 de junio es una fecha significativa para la comunidad autista: es el Día del Orgullo Autista, un evento internacional que celebra la neurodiversidad y promueve la aceptación y la inclusión de las personas autistas. Este día, lanzado en 2005 por la organización británica Aspies for Freedom, tiene como objetivo contrarrestar los estereotipos y los prejuicios sobre el autismo, destacando las experiencias y los talentos de las personas autistas. Es una ocasión para reflexionar sobre la diversidad humana y para apoyar un cambio cultural hacia una sociedad más justa y comprensiva. En este artículo, nuestros colegas Fabrizio Acanfora y Montse Bizarro comparten algunas reflexiones personales sobre la importancia de este día.

 

Fabrizio Acanfora

Como cada año, hay quienes me preguntan por qué hay que estar orgulloso de ser autista, de ser diferente; hay padres que me confiesan que no pueden sentir orgullo por la condición de su hijo o hija, porque observan las dificultades que enfrentan cada día.

Pero precisamente por eso es posible sentirse orgulloso, precisamente cuando la vida presenta obstáculos y barreras y aún así los sigues superando, cuando cada día abres los ojos a un mundo que parece funcionar al revés y hay que permanecer ahí intentándolo. Es precisamente en estos casos que encuentro correcto sentirme orgulloso de quién soy.

Hoy es el día en el que algunas personas autistas decidieron libremente mostrar al mundo su orgullo de ser quienes son. Y no siempre es fácil llegar a sentir este sentimiento hacia uno mismo, porque la sociedad nos acosa constantemente -independientemente del autismo- con expectativas inalcanzables, modelos plásticos prefabricados, exigencias de conformidad con ideales a veces deshumanizantes. No es fácil sentirse orgulloso de quién eres cuando creces sintiendo que estás equivocado.

Sin embargo, hace unos años, esto de repente se me hizo claro, y sucedió poco después de recibir el diagnóstico, esa etiqueta que, a pesar de todo, logró por primera vez hacer que me mirara tal y como soy realmente. Me bastó con hacerme una simple pregunta: «¿Pero has intentado imaginar cómo serías si no fueras lo que eres?»

“No, nunca lo he intentado. Anhelaba una normalidad que el mundo me echaba en cara a cada momento, una normalidad que nunca me perteneció y que solo conocía superficialmente y con mucho esfuerzo. Soñé con poder ser diferente de mi diversidad, con parecerme a personas en cuyas mentes nunca pude entrar, cuya visión del mundo siempre ha sido un misterio para mí. Pero la verdad es que nunca me había preguntado cómo habría sido si no hubiera sido lo que soy. Esa simple pregunta lo cambió todo. Yo […] me siento orgulloso de ser quien soy”.

 

Montse Bizarro

Me ha costado mucho sentirme orgullosa de quien soy, y ahora no voy a dejar que nadie vuelva a destrozar mi autoestima y mis ganas de habitar el mundo. He crecido escondiéndome, sentándome en la última fila de clase, avergonzándome de mi voz pausada y monótona, luchando con todas mis fuerzas por no destacar, porque sabía que era diferente. Lo sabía desde los cuatro años, cuando le preguntaba a mi madre si era normal revisar que la puerta estuviera cerrada veintisiete veces para reducir mi ansiedad.

No sabía qué era “aquello” que me hacía diferente, pero notaba cómo iba creciendo en mi interior una brecha que me separaba del mundo y me empujaba a la locura, al dolor extremo, al pánico que provoca sentir que estás rota para siempre y que nadie va a tenderte una mano para intentar ayudarte.

Los otros niños se burlaban de mí por ser “rara”, “friki”, “empollona”, “demasiado sensible”, “sosa”, “aburrida” y mil adjetivos más, los profesores me miraban con esa tristeza extrema que me hacía sentir culpable a todas horas, mis padres ni siquiera sabían que necesitaba ayuda. Me había creado una coraza, y no permitía que nadie entrara en ese mundo interior frágil y oscuro que estaba intentando proteger a través de compulsiones, rituales mentales y aislamiento social extremo.

Aprendí demasiado pronto que la gente rechaza a las personas diferentes como yo, las ridiculiza, resalta constantemente sus rarezas, a pesar de intentar ocultarlas a costa de nuestra salud mental. Intentaba con todas mis fuerzas ser como los demás, mostrar interés por ellos, adaptarme a todo, y a cambio recibía risitas burlonas, comentarios despectivos, bullying explícito, indiferencia por parte de los adultos. Todo esto dinamitó mi autoestima, me llevó a un ingreso psiquiátrico, estuvo a punto de acabar conmigo. Creo que me salvé porque dos o tres personas estuvieron a mi lado, me validaron, me escucharon por primera vez. Y así empezó una época un poco menos convulsa, pero igual de solitaria.

En este contexto, cuesta mucho sentirse orgullosa de quien eres. Interiorizas que tú tienes la culpa de todo y estás estropeada, porque, ¿cómo van a estar equivocadas tantas personas sobre ti? A pesar de todo el trabajo personal que he hecho en los últimos años, aún tengo esa herida de infancia latente en mi mente y en mi cuerpo. Sin embargo, gracias al diagnóstico de autismo, a la terapia, a rodearme de la gente adecuada, a mi familia, a aprender a poner límites, y a muchas otras herramientas, he aprendido a quererme, a valorarme, a subvertir el significado de todas esas etiquetas impuestas y a integrarlas de una forma más sana y empoderante para mí.

He cambiado el “rara” de mi infancia por “diferente”, o el “demasiado sensible” por “creativa” o “empática”. He adoptado la palabra “autismo” para crear comunidad con otras personas similares a mí, para visibilizar nuestras historias, para luchar por nuestros derechos, para homenajear a la niña que no me dejaron ser y que sigue preguntándose cómo podría haber tenido una infancia autista feliz.

Así que, finalmente, puedo decir que estoy orgullosa de ser autista, mujer, lesbiana, y de muchas otras identidades complejas y superpuestas que me definen pero no me limitan, que me sitúan en un mapa de luchas colectivas interseccionales, que me han permitido sanar y volver a confiar en la vida. Y eso es lo que espero para todas las personas, independientemente de su diagnóstico y de su historia de vida: que consigan hacerse un hueco en el mundo y mostrar sus diferencias con orgullo.